martes, 11 de marzo de 2014

La Bufanda de Eric

La Bufanda de Eric
 
Cuento
Mi nombre es Eric, y no siempre fui el mismo.
Me conduje entre palabras y dobleces de páginas, hasta que llegué a un momento de mi creación en la que, tenía que salir de las praderas.
Tan nocturno como incomprendido, así como también; solo liebre.
 
Duré un tiempo bajo las hojas de un simple cuaderno, tenía miedo, tenía sueños, tenía hambre y solía esconderme después.
Un día solo así... me retraté de café y letras, de nubes y estolas que bailaban en el aire. Mientras mi bufanda contaba fabulosas historias.
 
 
 
Retrataba las Nubes...
 Por si un día perdía la memoria.

A veces... no dejaba de llover.
Sobre las montañas todo charco decía ecos de chubascos.

Hablaba con ese animal, como si me entendiera, como si su figura obscura despistara su bestialidad.

No sabía hasta dónde el dolor crea mundos.

Me dibujé una mesa con dos sillas y dos tazas en cada lado. Siempre estuve solo, siempre estuve esperando.

Ni por el peso del cielo.

Dejé de decir la palabra Dios en mi vocabulario, dejé de creer. Ni por el peso del cielo me cobija Dios. Aunque él estaba ahí cuando el desierto se ahogó.

Reía conforme a la vida me llegaba.

Un rato estaba abajo y un rato estaba arriba.
Subía y bajaba... hasta que decidí no jugar al azar.


En la luz se encuentran... un montón de franjas secas, un montón de sombras aullantes, distantes. Puntos de estrellas y monstruos de arena




Me volví tan divertido, con el lunar en las nubes. Con los poros ariscos y las mitades en ruedas.
(Quiero decir... que quise andar como otro cualquiera, que quise respirar del campo, como también quise despertar de ese sueño).

Me recargué de su aurora, me construí un laberinto.

Era un Ocaso.

A la mañana siguiente, después de llover. Llegó un ocaso tan frío con ganas de morder. La sombra no estaba ni el miedo tampoco. Era más solo, más solo que lobo.

Ventanas.
No sé, no tengo idea de cuántas ventanas se dibujaron en la espera. No tengo idea de cuántas veces las vi abrirse y cerrarse conmigo dentro.

Con la silla cansada de respaldar mi infierno.

La grieta en el sol.

Es un eclipse que cobija las pupilas de los ojos, en la orfandad de la desesperación.


Las bestias obscuras se acercaban al pozo queriendo beber del charco de agua. El sol evaporaba sus sombras, las sombras acudían al suelo y el suelo ya era árido.
 

Me ahogaba...

Me ahogaba de pronto, mientras las ramas se secaban. Ese Otoño fue tan lastimero que ni una hoja volvió a salir en su proximidad.

Mis bestias no duermen, se quedan, aúllan, se filtran en las rocas del monte, construyen sus lunas y conservan la vida.

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